Después de alcanzar la cima de su autoexploración se levanto tambaleante y se dirigió a la bañera, abrió primero la llave de agua caliente, dejo que la tina se llenará a más de la mitad y luego completo con un poco de agua fría, sales y jabón con un toque de vainilla; sumergiose ella anhelante y el agua le devoró en un instante, subió y parecía que se desbordaría como un río perfumado y tibio, el mismo río que ella tenía por dentro. Se fusionó con las paredes blancas de la tina, sus patas semejantes a las de un león sostenían en perfecto equilibrio ambos cuerpos; Mariana, llena de pasión poseía todo cuanto tocaba, poseyó su cuerpo minutos antes, poseyó el agua en la que estaba y poseyó la tina a la que tanto amaba, ya que un baño para Mariana era medicinal tanto para su cuerpo atormentado, su mente adolorida y su alma abrumada.
El baño en tina le daba nueva vitalidad, por las mañanas lo tomaba largo y pausado, acariciaba su piel con un paño delicado, se enjabonaba con paciencia y sumergía de lleno su cabeza para impregnar su cabello de vainilla y sándalo que al pasar desinhibida por la avenida atraía primero las narices de los hombres y después su vista, Mariana, bruja de enormes ojos y sabia mujer callejera, aún siendo ella quién era tenía el porte de una reina y las piernas de una princesa. ¿Cuántos no le deseaban y miraban con lujuria? Pero le hablaban con ese desprecio lastimero que a ella bien se le resbalaba ya que por las noches de luna plena su baño era de luz , estrellas y tres velas.
La vista desde su balcón era tremenda, se apreciaba frente a su casa el jardín arrebolado que por corazón tenía juguetones coyotes y al lado al fondo del jardín, la iglesia que repicaba todas las mañanas dominicales sus campanas que despertaban de mala gana a nuestra Mariana y en días de jubilo no le dejaban dormir. ¿Qué le vamos a hacer? decía ella y se sentaba a mirar la concurrencia de gente que llegaba desde temprano, primero, los puesteros y después los mirones y compradores.
Ya a mitad del día, portando un vestido blanco escotado y volado se disponía a pasear, una vista al museo de Frida, una caminata por los Viveros o simplemente un libro y un buen café, así vivía, así pasaba de ser un espectro a ser una mujer.
Una noche en la cual se dejó sentir el calor del verano, Mariana con su camisón gris observaba a las parejas que salían del café de enfrente, escuchaba completas las discusiones de los ebrios y mientras fumaba un cigarrillo mentolado se preguntaba si algún día ella terminaría con alguien así. Deseaba poder encontrar a quién le llenara por completo, a quién le abrazara y la vida se le fuese en ello, como el abrazo de su primer amor: Camilo.
Los recuerdos fluyeron como el agua que cae desde lo alto de una catarata, nítidos y estrepitosos, se depositaron en su mente y comenzó verlos claramente; recordó el pequeño dragón de papel que Camilo le regalo en la escuela, el colibrí que trabajo le costo hacer, también de papel y las estrellas y figuras platónicas que a Camilo tanto le gusta hacer y darle; él le decía: -Mariana, el amor es como las figuras de Origami, es hermoso, es delicado y sobre todo muy frágil. Ella siempre lo abrazaba y lo besaba con cada figura, y llegó al punto de tener cientos de ellas. Cuando Camilo falleció Mariana conservó algunas y otras le acompañaron a él a la tumba.
Al igual que su cascada de recuerdos sus lágrimas brotaron sin distinción alguna de sus ojos pardos y una punzada le recorrió entero el corazón, se llevó la mano al pecho y arrojó su cigarrillo al suelo y le piso descalza, el dolor en su pie la hizo regresar de aquel trance de memorias, secó su rostro y optó por un baño de tina para refrescar su cuerpo del calor infernal y su mente de los vagos recuerdos.
La verdad es que, después de esa noche, comenzó a recordar muchas cosas que creía ya perdidas en lo profundo de su pasado y de su alma, las cartas lacradas, el café de moka del Jarocho que hacía años no tomaba, a Lacky, su perro extraviado, el olor de Camilo, su sonrisa perfecta y sus ojos cafés. En varios instantes y por varios días, los recuerdos goteaban desde lo más hondo de su ser hasta la vista de su mirada alegre ya cansada de tanto llorar. Se dijo así misma -Es la temporada; y siguió decidida a continuar.
Azotaron a la capital los fuertes y helados vientos del norte a derribar las hojas secas de los árboles durmientes, Alfombró el naranja y el tenue café las calles empedradas y los jardines suntuosos de Coyoacán. El aroma de "Flores de Muerto" lleno el ambiente de la casa de Mariana, Día de los Fieles Difuntos y Día de Muertos, sus fechas favoritas del año. El color encendido de las flores de Cempazúchitl iluminaba las diferentes ofrendas sobre la explanada de la iglesia, perfumaba y adornaba atrios, escuelas, cornisas, casas. la mesa de Mariana, su recamara, su tina; ya que durante el apogeo de éstas flores, le gustaba remojarse en agua hirviente con ellas.