Conozco bien ésta alcoba, los sonidos de los autos que las ventanas no alcanzan enteramente a detener, la primer mirada al despertar, si, la conozco bien. El olor de las rosas en el buró de mi lado, sin voltear a verlas sé que son blancas. Éste es tu ritual. También reconozco la mancha de sudor en la almohada dónde hacía poco estaba tu cabeza y en la que ahora tanto en ella como en la cama y las cobijas queda un espacio vacío y ausente. Lo has vuelto a hacer. Pero que idiota soy, aún me sorprendo a mi misma deseando que por una vez estuvieses a mi lado al amanecer.
Tocan a la puerta, es el servicio a cuarto, me ha traído la mucama por orden del señor, el desayuno, una copa con yogurt natural, un vaso de leche fría, pan francés y el periódico. Me conoces tan bien, sabes lo que me gusta y lo que disfruto antes de salir de la cama. Nada se compara con ese grado de atención y finura de tu parte. Es grato saber que no soy una más. Termino y me levanto, me estiro, miro a través de las cortinas. Esa esquina por la que te has marchado, el puesto de donde ha venido el periódico y los árboles que ya están por perder todo su verdor. Una sonrisa ligera se escapa de mi boca y una lágrima fluye libre, mi mano la detiene, soy fuerte, no debo permitirme llorar.
Una ducha relajante, la tina me espera caliente, una bata y un vestido nuevo, también los zapatos y un bolso. Te luces cada vez con algo diferente, la última ocasión fue un corazón azul enmarcado en plata y su par de aretes con esos corazoncitos pequeñitos, en el espejo del baño una nota “El azul de tus ojos es más hermoso que el azul de un diamante, pero juntos hipnotizan a cualquiera”, siempre tan galante, mi caballero.